Internacionalización empresarial

Internacionalización empresarial, un motor de crecimiento para superar la crisis

Un año después de que la Organización Mundial de la Salud decretara la pandemia de Covid-19, la crisis ha desembocado en una emergencia sanitaria global de proporciones históricas, avocando al mismo tiempo a una depresión económico-financiera que ha afectado profundamente a la actividad empresarial global, dando paso a una nueva era.

El estallido de una situación impredecible y excepcionalmente atípica ha torpedeado la línea de flotación de la economía española. El bloqueo manufacturero, el aislamiento y consiguiente cierre de fronteras, una hemiplejia exportadora y el frenazo de la demanda interna son algunos de los efectos funestos de este seísmo.

Un cóctel explosivo aliñado, además, con otros fenómenos previos a la implosión del shock sistémico. Las crecientes tensiones comerciales entre Estados Unidos y China, el auge de medidas proteccionistas y una cierta regionalización del comercio internacional, junto a la derivada del Brexit o el desafío del cambio climático son algunos de los ingredientes que, combinados, minan todavía más un tablero geopolítico y económico sembrado de incertidumbre y volatilidad.

Sin embargo, a pesar de toda esta complejidad manifiesta, asomarse a los mercados exteriores y apostar por la internacionalización puede suponer, al igual que en la crisis financiera de 2008, el mejor asidero para la empresa española. Una alternativa para superar la atonía, subsistir y contribuir a la reactivación de una economía en horas bajas.

Un punto de partida complicado

El impacto de la pandemia se ha dejado sentir con gran intensidad en el conjunto de la actividad económica nacional. Sus efectos directos, indirectos e inducidos han desencadenado un desmoronamiento sin precedentes, en especial durante el segundo trimestre de 2020. Una dinámica negativa a la que no han permanecido inmunes las exportaciones, sumidas en una fase de ralentización, en línea con la retracción que han experimentado los flujos mundiales de comercio de mercancías e inversiones transfronterizas.

En días de coronavirus, la hibernación de la economía mundial ha infligido un serio correctivo a nuestras ventas al exterior, rompiendo la inercia positiva de cursos anteriores. El estado de alarma, un confinamiento prolongado, las restricciones y una desescalada que no termina de arrancar, fruto de sucesivas oleadas de contagios, han derivado en una contracción de las exportaciones del 10% (261.176 millones de euros) para el conjunto del ejercicio, retrocediendo así a niveles de 2016. Han bastado doce meses para borrar de un plumazo cuatro años de progresión alcista.

Sin embargo, volviendo la vista atrás, conviene recordar cómo el favorable comportamiento económico de los últimos años guarda una relación muy directa, prácticamente indisoluble, con el aumento sostenido de las exportaciones, con una internacionalización de la empresa española al alza y la contribución positiva del sector exterior en su conjunto al crecimiento del PIB.

Entre 2008 y 2013, los años más aciagos del torbellino financiero desatado por la quiebra de Lehman Brothers y sus consecuencias, el capítulo exterior se erigió en motor de la recuperación. El “milagro exportador español”, calificado así por muchos expertos. Un importante punto de inflexión estructural en la economía patria.

Así, cuando peor pintaban las cosas, la zozobra del mercado doméstico precipitó un salto extramuros, la salida fuera de nuestras fronteras de un gran número de empresas, ávidas de buscar en otros destinos lo que no podían conseguir de puertas adentro. Una apuesta que se tornó un gran logro de cara a sobrevivir, prosperar y consolidarse. Tabla de salvación con la que reforzar su dinamismo y competitividad. ¿Será posible repetir ahora la jugada? ¿Qué papel desempeñará el sector exterior en la recuperación de la economía pospandemia?

Señales de esperanza

Sin ser una receta mágica en el plan estratégico para sobreponerse a una situación tan delicada, lo cierto es que la internacionalización se traduce, generalmente, en una serie de ventajas competitivas, ya que permite, entre otros aspectos, abrir nuevas vías con las que expandirse, diversificar mercados y riesgos, llegar a una mayor base de clientes, incrementar la rentabilidad y potenciar la eficiencia, todo lo cual ayuda a mejorar las perspectivas a corto, medio y largo plazo.

Con el primer trimestre de 2021 a punto de echar el cierre, llegan diversos mensajes en positivo para pensar que la internacionalización empresarial desempeñará, nuevamente, un efecto tractor, que se convertirá, una vez más, en palanca clave para salir del atolladero y evolucionar. Si bien, es cierto que todavía es demasiado pronto para aventurar si lo hará en la misma medida que en la última crisis.

En febrero, la secretaria de Estado de Comercio, Xiana Méndez, enfatizaba que el “año comienza con optimismo al preverse una mejora del contexto internacional por la vacuna, el acuerdo de libre comercio con el Reino Unido y la nueva Administración de Estados Unidos, lo que puede condicionar para bien el sector exterior”. Las previsiones para este ejercicio y el siguiente, señalaba, “son de gran dinamismo en exportaciones de bienes y servicios”.

Otro dato alentador guarda relación directa con el protagonismo de las pymes en la dinámica exportadora de nuestro país. Según los datos del ‘Observatorio MESIAS de Pymes Exportadoras 2019’, de todas las compañías españolas con operaciones comerciales en el exterior, algo más del 72% son pequeñas o medianas empresas. De estas, cerca de un 22% exporta. Una tendencia al alza.

Partiendo de la base de que las organizaciones con menores recursos financieros se han visto perjudicadas en mayor medida por esta coyuntura (un 60% de las pymes han perdido el 25% de su actividad exterior por la crisis, según la consultora especializada en procesos de internacionalización Gedeth Network), lo cierto es que, al mismo tiempo, son los negocios que se muestran más optimistas ante las nuevas oportunidades que, probablemente, se dibujarán fuera de las fronteras nacionales con la progresiva reactivación.

Dos argumentos favorables, a pesar del desplome vivido, para pensar que es posible remontar el vuelo, situando el sector exterior en el centro de una estrategia empresarial dinamizadora y favorecedora del empleo en la ansiada recuperación.

En esta línea, un gran número de pymes ultiman su inminente expansión a otros mercados. Según el informe ‘Digital y global: el futuro de las pequeñas empresas españolas’ del gigante chino del comercio electrónico Alibaba Group, un 39% prevé vender sus productos y servicios fuera de nuestras fronteras por primera vez en 2021. Los principales argumentos barajados para aventurarse a la internacionalización tienen que ver con oportunidades en mercados específicos (57%) y la necesidad de atenuar el impacto y los efectos negativos del coronavirus en su plan de negocio (36%), con Europa como principal destino (44%), seguida de Sudamérica (33%) y Asia -excepto China- (21%).

Para terminar, una última tesis que parece, a fecha de hoy, prácticamente irrefutable para decantarse por la importancia del sector exterior a la hora de sobreponerse a esta etapa crítica. A pesar de los cambios sustanciales que se van sucediendo en este complejo escenario, parece improbable que la epidemia aseste una estocada mortal a la globalización.

Así, un pensamiento estrictamente local por parte del entramado empresarial podría ser insuficiente para asegurarse el futuro, dada la fuerte interconexión de la economía española con el resto del planeta. Sin presencia internacional y actividad en otras plazas se antoja difícil plantar cara a muchos de los competidores, lo cual constituye, de partida, una importante desventaja.

De ahí que contar con una estrategia de internacionalización y lanzarse al exterior sea una opción de peso para tratar de potenciar las bondades de nuestra oferta exportadora (innovación, calidad, imagen de marca…), aprovechar las oportunidades que están por llegar y, en definitiva, contribuir a estimular esta transición hacia una economía más sostenible, responsable y digital.

Nuevos modelos de gestión empresarial poscovid

Gestión empresarial en tiempos de coronavirus y en días pospandemia

Después de un año de pandemia, una de las lecciones irrebatibles que deja la crisis es la necesidad urgente por parte del tejido empresarial de adecuar sus estructuras y ajustar sus operaciones a un entorno volátil, incierto, complejo y ambiguo (VUCA). Sin este acomodo será prácticamente imposible sobrevivir al presente y pensar, con ciertas garantías, en el futuro.

La covid-19 ha cambiado las reglas del juego, trastocado hábitos y alterado prioridades, cortocircuitando aquellos modelos de gestión empresarial más tradicionales. Una emergencia inesperada en forma de virus global ha precipitado consecuencias nefastas para la actividad económica, causando profundas cicatrices materiales y heridas intangibles en la estrategia de negocio de la mayoría de las organizaciones de todo el mundo.

Ante esta derivada todavía inconclusa, consejos de administración y equipos directivos han tenido que priorizar el ahora, encarando los retos financieros, operativos y organizacionales propiciados por la pandemia. Remodelar sus rutinas profesionales, reestructurarse e innovar, para ofrecer respuesta inmediata a una demanda dinámica, en evolución continua. Adaptarse a las necesidades cambiantes de todas las partes implicadas (trabajadores, proveedores, clientes, accionistas…) y establecer, sin apenas margen de maniobra y error, nuevas formas para subsistir y crecer. Todo ello con el objetivo inalienable de gestionar de la mejor manera posible el shock económico y humano causado por esta crisis sistémica.

Desafío y ventana de oportunidad

En un primer momento, confinamiento y distancia social, entre otros factores, forzaron a un gran número de compañías a cambiar su manera de trabajar, conminándolas a reinventarse sin paliativos.

Superada esta etapa inicial de desconcierto y adaptación, gran parte del armazón corporativo comienza a recobrar el pulso, transitando hacia la remontada. En este viaje no exento de dificultades, las organizaciones se enfrentan al reto de dotarse con un plan de reinvención que mire al mañana, que sea capaz de plantarle cara a nuevas amenazas latentes y, al mismo tiempo, genere oportunidades.

La lectura del momento invita a pensar que el futuro a corto y medio plazo de las organizaciones poco o nada tendrá que ver con las prácticas, comportamientos y valores empresariales precovid. En línea con el auge de los criterios ESG y las políticas corporativas socialmente responsables, el empresariado en su conjunto es plenamente consciente de la importancia de saber gestionar adecuadamente una crisis tan inesperada y contundente como la actual para capitalizarla y salir reforzado. Incorporar estas pautas a su estrategia, a todos los estamentos y áreas de actividad será capital para el éxito de sus negocios.

La fisionomía del mercado laboral está inmersa en un proceso de transformación constante. La pandemia ha propiciado una metamorfosis organizacional sin parangón, el rediseño de nuestra forma de trabajar, de relacionarnos. Con ella han emergido nuevos paradigmas de gestión, antaño bastante improbables, y que, en días todavía convulsos, tienen marchamo de permanencia.

Una de las mejores maneras de cortar las ataduras del pasado consiste en superar modelos de organización rígidos y estáticos, sistemas dogmáticos cimentados sobre el conservadurismo, que además de constreñir la actividad, minan el desarrollo empresarial. ¿La forma de hacerlo? Dando entrada a propuestas menos convencionales, más ágiles, digitales, con mayores cuotas de innovación, que abandonan su carácter hermético para amoldarse al ritmo que dictan los mercados, a la cadencia que impone una nueva ‘normalidad’ que continúa concretándose cada día que pasa. Y todo ello con un horizonte temporal que trascienda a la propia emergencia decretada por el coronavirus.

Un entorno, en la era de la economía colaborativa (gig economy), en el que empieza a apreciarse cierta fragmentación de los centros de trabajo y se difumina un tanto la relación tradicional entre empleadores y empleados. La marcada jerarquía o la privacidad, entre otros ingredientes, dejan paso de una forma gradual a una autoridad distribuida basada en roles y responsabilidades; a mayores dosis de transparencia y una participación -de todos- más activa.

En este sentido, la tecnología tiene mucho que aportar. Con el tiempo, se abren camino nuevas formas de trabajo más flexibles como el smart working (ofreciendo a los trabajadores autonomía y flexibilidad en relación al lugar, tiempos y herramientas), el crowd employment (plataforma en línea que conecta a empresas y trabajadores con otras compañías y profesionales que proporcionan productos y servicios específicos), el job sharing (compartir puesto y sueldo) o el casual work (una suerte de trabajo temporal en el que solo se contrata para suplir necesidades puntuales), etc.

Igualmente, ante este panorama de incertidumbre, un gran número de empresas, muchas de ellas emergentes, ha optado por migrar al mundo online y desenvolverse por completo en la esfera digital, llegando a convertirse en ejemplos de compañías resilientes, prometedoras y con gran atractivo para trabajar. Un ranking confeccionado por LinkedIn que encabezan ThePowerMBA, Colvin y Factorial HR. Renovarse o morir.

Ahora, pues, con una mayor perspectiva, la experiencia vivida permite que surjan enfoques y planteamientos vanguardistas en la esfera del management que, bien conjugados, ayudarán a atenuar la exposición financiera y operacional, al tiempo que alientan una oportunidad de cara a profundizar en el cambio (en las creencias, en los valores…) y su sostenibilidad en el tiempo.

Apuesta por la persona

Las empresas saben que ha llegado la hora de repensar su papel en esta nueva normalidad, potenciando su rol como agentes transformadores con gran impacto social. Llegados a este punto, es momento de que las organizaciones analicen las implicaciones que deja la crisis y se cuestionen cómo será, o debería ser, la gestión del cambio organizacional pospandemia y cómo afecta esta transformación al liderazgo y al trabajo en equipo.

Desde un punto de vista funcional, la persona, el talento, un capital humano diverso e inclusivo, seguirá constituyendo el mayor activo estratégico de cualquier compañía; un motor para mantener la actividad y crear valor diferencial. Y, como tal, es fundamental implementar líneas de actuación flexibles y en sintonía con los nuevos tiempos que velen por el mantenimiento del empleo y la salud de los trabajadores. Una prioridad incuestionable.

Sistemas de gestión que, además de confiar en su saber hacer, en sus capacidades (competencias digitales y dominio de herramientas tecnológicas, en gran medida), sean capaces de incentivar y dar un mayor peso a las habilidades sociales (soft skills); de estimular su participación en la toma de decisiones, afianzando el compromiso de las personas con el proyecto empresarial. La formación continuada, la adaptación de esas destrezas a su desempeño será crucial para construir empresas competitivas. Todo ello, además, dentro de un esquema que fomente el equilibrio de la vida profesional, personal y familiar (conciliación, horarios flexibles…), que vele por su seguridad, por su protección en la vuelta a las oficinas y les permita llevar a cabo su trabajo de la mejor manera. Sin duda, una gran ventaja competitiva para forjar compañías más sólidas que aspiren a posicionarse con solvencia en los mercados.

Con el foco en la tecnología

La transformación digital en marcha en la esfera de los negocios, incipiente todavía en muchos casos, ha sufrido un drástico cambio de ritmo con la irrupción de la pandemia. Una circunstancia que ha obligado a gran parte del entramado empresarial a adoptar, en un tiempo récord, nuevos estándares, nuevas formas de trabajar, con el teletrabajo como punta de lanza.

En el caso del trabajo en remoto, el Banco de España afirma en un sondeo realizado entre un grupo de empresas como el 80% de la muestra ha incrementado esta modalidad “con el fin de que su actividad se resienta lo menos posible en la situación actual”. Del lado de los trabajadores, un 51% de los encuestados por la consultora Bain & Company prefiere el teletrabajo, frente a un 25% que sigue decantándose por hacerlo presencialmente; y un 68% declara que es igual o más productivo conectado desde casa.

En líneas generales, la hiperconectividad ha permitido a muchas organizaciones mantener su actividad durante los peores momentos de la pandemia. Así, la generalización del uso de las TIC en los procesos corporativos se ha acelerado notablemente para dar respuesta a los requerimientos laborales, hasta tal punto que la digitalización, además de permitir una modernización de las operaciones, redunda en grandes beneficios para las empresas, ayudándolas a reducir costes, a innovar (mejor y más rápido), preparándolas para hipotéticos shocks venideros y apuntalando su resiliencia.

Un par de apuntes pueden ayudar a tener una visión más clara de los recientes avances en materia de digitalización emprendidos por las empresas de nuestro país. Según datos de un estudio de la multinacional Salesforce, cerca de un 70% de directivos de grandes corporaciones afirma haber implementado algún tipo de transformación tecnológica en días de pandemia. Por otro lado, el informe ‘Economía Digital en España’ de Adigital y Boston Consulting Group señala que, con anterioridad al estallido de la crisis, la economía digital rondó el 19% del PIB nacional en 2019, un dato que nos posiciona por encima de la media de la mayoría de los países del mundo. Una invitación, sin duda, a continuar trabajando en esta dirección.

De este modo, la transformación digital ayuda a superar las múltiples disrupciones causadas por el coronavirus, al tiempo que sirve de trampolín a las empresas para catapultar sus negocios a través del uso de las TIC.

En estos últimos 12 meses, la gran mayoría de organizaciones han descubierto cómo las interrupciones y la falta de seguridad y certeza causadas por la crisis son amenaza y oportunidad al mismo tiempo. En su mano, la posibilidad de continuar reinventando sus modelos de gestión con el fin de lograr que surjan formas de trabajo que, asentadas en la innovación, en lo digital, en el compromiso y la cercanía, estén alineadas con la nueva realidad imperante.

El talento y la profesionalización ganan terreno en los Consejos de Administración

La crisis del COVID 19 ha obligado a la sociedad en su conjunto, y a las empresas en particular, a repensar el modo en el que trabajamos. Además, dadas las consecuencias que sus efectos han provocado y están por provocar,  obliga al tejido empresarial a pertrecharse de nuevos planteamientos y soluciones para hacer frente a los numerosos desafíos que emanan de esta difícil coyuntura, cuyas consecuencias no han terminado de concretarse con nitidez.

Antes de la irrupción de la pandemia, la sociedad, y las empresas, en particular, ya habían detectado la necesidad inaplazable de adaptación para, por un lado, encarar con solvencia situaciones que les permitan sobrevivir a los efectos de las diversas crisis; y, por otro, ofrecer propuestas de valor distintas y diferenciadas, adaptadas y conectadas a la realidad circundante.

A estas alturas, es evidente que el cambio social condiciona el devenir de la actividad corporativa. De ahí que, en la esfera de los negocios, la manera más directa de adaptarse  a este paradigma pase, en gran medida, por reforzar las políticas de RSC y los criterios ESG.

La evolución del mercado laboral en el que destacan la digitalización acelerada de todas las actividades económicas, la aparición de nuevas profesiones y perfiles, la incorporación de la mujer y la desaparición de barreras geográficas, ha propiciado estructuras más planas y heterogéneas que ayudan a mejorar el ambiente laboral, elevar la productividad y la eficiencia, potenciando la propuesta de valor de las compañías. Un importante reto y una gran oportunidad al mismo tiempo.

Apuesta por el talento

Sabedores de esta circunstancia, los consejos de administración han dado un paso al frente. En sus agendas, la apuesta decidida por valores capitales como la transparencia, la equidad, la responsabilidad y las prácticas empresariales éticas. Existe un reto importante: asegurar el objetivo de creación de valor en el contexto de propósito empresarial.

Por todo ello, los consejos desempeñan un papel esencial cuando se trata de fomentar una cultura corporativa que promueva aspectos como el talento y la diversidad en el seno de las compañías, en sus políticas y prácticas diarias. Sin duda, una de las mejores bazas para catapultar la rentabilidad, la excelencia, la credibilidad y la reputación.

El punto de partida pasa por atraer talento con diversas perspectivas, experiencias y bagajes, tanto personales como profesionales. Ello debe ayudar a la creación de un entorno colaborativo donde todos puedan realizar su trabajo de la mejor forma posible, convivir, contribuir, crecer y, en definitiva, desarrollarse. El resultado, muy posiblemente, arrojará un incremento de la productividad, mayores cuotas de innovación y progreso, así como un refuerzo del sentido de pertenencia, con el consiguiente beneficio para el conjunto de la organización.

La diversidad, consecuencia de la búsqueda de la excelencia, pues, se abre paso como una importante ventaja competitiva. Una suerte de prerrogativa cuya correcta gestión conlleva importantes oportunidades y beneficios para las empresas y la sociedad. De ahí que sea labor del máximo órgano de gobierno y representación, junto a la propia dirección de la empresa, estimular ese cambio. Maximizar el desempeño y lograr el compromiso de toda la fuerza laboral, potenciando el talento.

La diversidad se asienta en el gobierno corporativo

La existencia de una cultura organizativa responsable y constructiva, que apueste por las personas y sus singularidades, enriquece a las compañías y se traduce en valor añadido para su desempeño. Además de tonificar estructuras, mejora sensiblemente la estabilidad y afina la buena marcha de la actividad. Una gran oportunidad que las empresas no pueden obviar.

Este envite por la excelencia y la heterogeneidad  también ha calado en el seno  del propio consejo de administración. Con el compromiso de cumplir fielmente con la misión un buen gobierno encomendada, estos órganos muestran una composición cada vez más variada.

Así, con independencia de la esencia de la compañía, de su misión o visión del modelo de negocio, cada vez es más frecuente encontrar directorios conformados por diferentes perfiles, altamente cualificados, con probadas trayectorias profesionales, sobrado prestigio y comprometidos con el cumplimiento de sus roles y funciones.

La pluralidad de habilidades, opiniones y puntos de vista producto de esta composición heterogénea  es un ingrediente fundamental para la evaluación de un mayor número de alternativas en la toma de decisiones colegiadas y la adopción de soluciones efectivas en el seno de los consejos. Una gran ventaja competitiva de puertas adentro y de cara al exterior para con todos los grupos de interés.

En esta transformación acompasada, la incorporación de perfiles femeninos, con experiencia y formación adecuados, no puede por menos que contribuir a la expresión, en el seno de los Consejos, de otros puntos de vista o, mejor, maneras de expresarlos de forma diferente, y por ello, enriquecedores.

Un camino que, sin embargo, está lejos de concluir: a pesar de los avances observados, la representación femenina en los órganos de gobierno y decisión, en los puestos de liderazgo (que llegó al 23,4% en 2019, según la CNMV, lejos del 30% recomendado en su Código de Buen Gobierno) todavía es minoritaria en comparación con la masculina. Queda mucho por hacer en este sentido.

Consejos de administración y buen gobierno corporativo

La importancia del consejo de administración y del buen gobierno corporativo

Incluso antes de que la abrupta irrupción de la pandemia atenazara con fuerza al entramado corporativo mundial, las empresas de todo el planeta estaban sometidas a una fuerte presión para mantener su productividad, preservar sus ventajas competitivas y conservar su reputación e imagen de marca.

Ahora, la ‘nueva normalidad’ que decreta la Covid-19, junto a una serie de retos consustanciales a la propia misión y evolución de los negocios (la constante creación de valor para el conjunto de stakeholders y la sociedad en general, la propia eficiencia y eficacia empresarial, la transformación digital o el viraje sin marcha atrás hacia criterios ESG) ponen de manifiesto, más que nunca, la necesidad de contar con un buen gobierno corporativo capaz de abrazar toda la organización y dar rápida respuesta a los desafíos emergentes (crisis socioeconómica, innovación, ciberseguridad…), presentes y futuros.

En un nuevo escenario sobrevenido, los consejos de administración tienen ante sí la inmensa responsabilidad de liderar con brío esta adaptación. De dar un paso al frente y supervisar, con renovada energía, la estrategia; de monitorizar la toma de decisiones y controlar la gestión de riesgos en el seno de cualquier corporación, haciendo gala, si cabe, de un protagonismo más dinámico.

El papel clave del consejo

El contexto económico y geopolítico actual se caracteriza por una extrema complejidad. En un terreno de juego tan competitivo, cortoplacista y expuesto a vaivenes coyunturales, se antoja clave contar con un órgano de gobierno profesional dentro de la empresa dotado de una perspectiva global que transmita confianza y seguridad.

Bajo esta premisa, el consejo de administración debe seguir asumiendo, como hasta la fecha, las decisiones ejecutivas más importantes para el correcto funcionamiento de la sociedad que representa, adoptando, al mismo tiempo, un rol de intermediario entre los accionistas y los equipos directivos, responsables a su vez de poner en marcha la estrategia, gestionar el día a día de la empresa y rendir cuentas al consejo.

Entre sus principales funciones, el consejo de administración, que no es patrimonio exclusivo de las grandes corporaciones, aprobará la estrategia de la compañía -en muchos casos, reinventada para amoldarse a la nueva realidad-. Monitorizará su cumplimiento normativo (compliance), velando por una gestión impecable para responder eficazmente a los intereses de todas las partes. Por ello, dada su naturaleza, ha de constituir un elemento capital para garantizar el buen management y asegurar la sostenibilidad y perdurabilidad de la compañía en el tiempo. De no hacerlo, su suerte podría ser muy diferente.

Con independencia de la estructura que adopte y el número de miembros que lo integren, su objetivo principal pasa, pues, por pautar las líneas de actuación de la organización y cuidar de los intereses comunes. Por tanto, sus componentes, todos y cada uno de los perfiles gestores, han de aceptar y cumplir con diligencia las responsabilidades implícitas que conlleva la gobernanza, adoptando, en tiempos de incertidumbre, un rol todavía más participativo y comprometido.

La unión hace la fuerza

Ningún barco se comanda solo. La existencia de un consejo de administración como órgano rector encargado de la gestión, coordinación y la representación, demanda la intervención, necesaria y coordinada, de un patrón y una tripulación de garantías. De una serie de asesores especializados, altamente cualificados, que den lugar a la mejor composición posible y aporten la profesionalidad que precisa una empresa -y su junta directiva- para su correcto desempeño.

A la cabeza, las figuras del presidente del consejo y/o consejero delegado están revestidas de un papel ejecutivo y directivo vital. En este sentido, dotado de plenos poderes para hacer que se cumplan las decisiones adoptadas por el consejo, sobre el CEO se delega la práctica totalidad de las atribuciones, siendo el encargado de trazar las estrategias a seguir (posteriormente llevadas a la práctica por el equipo directivo).

Con el paso del tiempo, y en función de su grado de vinculación, tal y como dispone la CNMV, los distintos consejeros (dominicales e independientes) han adquirido un protagonismo creciente en el ámbito de sus responsabilidades. Tal es así que, paulatinamente, se observa un mayor grado de profesionalización, desterrando cierta pasividad -muchas veces asociada a un concepto distorsionado de estas figuras- para transformarse en una palanca activa y crucial en la toma de decisiones en el seno de la compañía, equilibradas, proporcionales y en línea con el interés social.

Por último, pero no menos importante, el secretario se ha convertido en una pieza imprescindible dentro de este entramado, pues entre sus principales funciones se encuentra el velar por el correcto cumplimiento de la normativa y de los procedimientos que rigen el funcionamiento interno del consejo.

Como en casi todos los ámbitos de la vida, unidos somos más fuertes. Una máxima perfectamente aplicable a los consejos de administración. Los conocimientos, las habilidades, el talento y la experiencia de los distintos miembros que lo componen darán lugar a juntas directivas más capaces y resilientes. Sobre el terreno, su cercanía e identificación con la propia empresa; la coordinación y el trabajo conjunto de todos sus integrantes para forjar códigos de buen gobierno, éticos y socialmente responsables, generará, con el tiempo, un verdadero valor diferencial. Asimismo, la corresponsabilidad y la cogobernanza serán aspectos esenciales para reportar pingües beneficios a la compañía y a los distintos grupos de interés (fidelización y atracción de inversores, generación de mayor confianza, reducción de conflictos entre las partes, etc.).

Esta labor sincronizada en el consejo contribuirá, de un modo decisivo, a incrementar las posibilidades de éxito de la compañía en el mercado. A minimizar posibles errores de gestión en cualquier escenario que se pueda presentar y a ofrecer, en definitiva, una respuesta contundente a los envites de la actividad empresarial en esta nueva era.

Economía Stay at home

Cambios en los hábitos de consumo: la economía ’Stay at home’

En marzo de 2020 la situación sanitaria obligó a forzar un parón en el país para intentar contener temporalmente las consecuencias de la pandemia. A pesar de unos primeros días inciertos en los que la actividad empresarial descendió hasta unos niveles que recordaban los peores momentos de la crisis financiera de 2008, este frenazo se utilizó también para reorganizar procedimientos operativos, objetivos y, sobre todo, adaptarse a la nueva situación del mercado.

Trabajar desde casa, oportunidad y desafío

En la esfera corporativa, la irrupción inesperada de una crisis de naturaleza global obligó a equipos de gestión y gobierno a encarar un reto mayúsculo: el diseño y puesta en marcha de planes de reestructuración, integrales en muchos casos, para aclimatarse con urgencia a esta dinámica cambiante y desconocida. Amoldarse o sucumbir.

Dentro de este nuevo paradigma sobrevenido, el trabajo en remoto, un objetivo todavía lejano hacia los que las empresas deberían dirigirse, ha cobrado un protagonismo crucial. Un ajuste progresivo, personal y profesional, que acabaría derivando en una mejor conciliación familiar y laboral, así como en un salvavidas para mantener a flote la actividad de muchas empresas.

La pandemia ha obligado a acortar plazos rápidamente y pasar de un día para otro a adaptar un espacio de la vivienda para el teletrabajo -así como oficinas y espacios comunes-. La nueva metodología ha tenido que ir testándose a la vez que se ponía en práctica; y los consejos de productividad fueron tan necesarios como una buena conexión a Internet.

Nuestros hábitos de consumo también se vieron modificados por esta nueva circunstancia, ya que muchos de los gastos que hemos venido realizando desde entonces están dirigidos a mejorar este nuevo entorno de trabajo, desde sillas de oficina ergonómicas o lámparas eficientes a plantas para airear y mejorar el ambiente.

Actualmente, transcurrido prácticamente un año desde el estallido de la crisis y adaptados laboralmente a la nueva situación, el teletrabajo parece que se ha convertido en una de las consecuencias de la pandemia que se quedará con nosotros una vez consigamos superar este episodio.

Las medianas y grandes empresas han intensificado su apuesta por el trabajo en remoto para que tanto los trabajadores como los objetivos corporativos vayan a la par, y parece que ese esfuerzo se verá recompensado en este nuevo modelo productivo. El tiempo lo dirá.

La tecnología, gran aliada y principal beneficiada

Según los datos que ofreció Telefónica a finales de año, solo durante el mes de abril, en el primer confinamiento, el tráfico de Internet creció hasta ser un 35% superior al 30% que se registró durante todo 2019. Herramientas de comunicación online como Skype o Webex llegaron incluso a cuadruplicar su uso. Evidentemente, la venta de ordenadores portátiles, tabletas o smartphones también se vio muy beneficiada por las exigencias del teletrabajo.

Sin embargo, tener que montar la oficina en casa no es la única de las razones de este aumento. No fueron pocos los que aprovecharon la nueva coyuntura para convertirse en sus propios jefes y comenzar una aventura empresarial. Muchos emprendedores se vieron también en la necesidad de tener que volcarse en el comercio online o directamente pasar a digitalizarse, abordando su propia transformación digital.

Aunque las obligaciones laborales fueron la razón principal de estar tecnológicamente bien preparados en casa, no fue ni mucho menos la única. Los productos digitales fueron una de las soluciones más utilizadas en el ocio tanto de adultos como de los más pequeños. Las ventas de televisores de alta gama también desarrollaron, por tanto, un amplio aumento en sus ventas, así como las suscripciones a las plataformas de contenidos en streaming.

Un cambio radical en la forma de consumir

El “Quédate en casa” que tanto se promovió para concienciar a la población supuso también un cambio por completo del paradigma de nuestra forma de consumo. Una vez las obligaciones como las clases online, las reuniones telemáticas tanto profesionales como sociales y las listas de la compra online pasaron a estar controladas, seguíamos teniendo que estar en casa, con tiempo libre disponible, pero sin las distracciones de las que disfrutábamos antes de la pandemia.

Antes de estar instalados en lo que se pasó a llamar “la nueva normalidad”, las necesidades que surgieron durante el confinamiento comenzaron a tener consecuencias en los mercados. La demanda de casas con amplias terrazas o balcones con luz solar comenzaron a aumentar rápidamente, al igual que las visitas a páginas web donde se mostraban viviendas que mejoraban los domicilios en los que nos vimos confinados durante tantos días. Después de tantos meses de hibernación, la publicidad volvía a tener una importante presencia en nuestras vidas.

Siguiendo en la línea de querer disfrutar en casa de la misma manera que lo hacíamos antes de la situación sanitaria, los restaurantes que podían permitírselo comenzaron a desarrollar una carta específica para su servicio take away o delivery. Tanto chefs de estrellas Michelin con menús de degustación gourmets como pequeños restaurantes que buscaban mantener su negocio a flote. Gracias a su esfuerzo encontramos rápidamente un sustituto a las cenas fuera que durante tanto tiempo tuvimos que posponer.

Ahora, volviendo la vista atrás parece que hemos aprobado este curso intensivo de aprender a trabajar desde casa y aunque siempre hay margen de mejora e inconvenientes a solventar, parece que las bases para el trabajo del futuro están bien asentadas y que el teletrabajo sobrevivirá con nosotros a la pandemia.

Brexit

Consejos de Gobierno de las empresas: ¿preparados para el Brexit?

Con la pandemia de la COVID-19 de fondo, damos la bienvenida al 2021 con un gran reto por delante: adaptarnos a un nuevo escenario político, económico y social marcado por el Brexit. Una ruptura ya anunciada que ha provocado un replanteamiento del sistema, de las estructuras, de las políticas de comercio y de los procedimientos de trabajo.

¿Serán las empresas capaces de superar el impacto del Brexit?

Encaramos este nuevo año adentrándonos en un viaje a lo desconocido. La salida del Reino Unido de la Unión Europea se hizo oficial a partir del 1 de enero, lo que significa que las islas han dejado de regirse por las normas europeas y, a pesar de haberse logrado un acuerdo comercial a última hora, son muchas las incógnitas que hay sobre la mesa.

El territorio británico pone fin a casi medio siglo de lazos de fuerte unión con Europa. Durante más de cuatro décadas se había ido forjando una relación, casi imposible de romper, que afecta a la vida diaria de un número importante de empresas españolas.

En un extremo, la UE, y en el otro, Reino Unido. Dos mercados separados, dos espacios regulatorios y legales distintos, lo que creará barreras al comercio de bienes y servicios y a la movilidad en ambas direcciones.

El acuerdo conseguido “in extremis” no impone sobre el papel tarifas ni aranceles al flujo de bienes, pero sí implica la introducción de controles fronterizos y de trámites burocráticos que pueden suponer en la práctica costes extra para los negocios.

Relación entre españoles y británicos

En 2018, la inversión directa española creó en el Reino Unido 162.725 puestos de trabajo, un 0’51% del total del país. Se había convertido en uno de los destinos preferidos por las empresas ‘made in Spain’, hasta el punto de recibir cerca del 17% de la inversión directa española. En otras palabras, los empleos generados ese año por las compañías de nuestro país en las islas podrían haber llenado de habitantes una ciudad como Oxford o Cambridge.

Teniendo en cuenta la trascendencia del mercado británico para las empresas españolas y ante los importantes cambios que podían -y pueden- derivar de este proceso, se aconsejaba a las empresas que revisaran su estrategia y que elaborasen un plan de contingencia.

Según datos del estudio realizado en 2018 por KMPG, en colaboración con la CEOE, Confederación Española de Organizaciones Empresariales, ‘La empresa española ante el Brexit’, un 19% de las compañías españolas entrevistadas se encontraban implementando en ese mismo momento su plan defensivo, siendo el sector financiero, junto al de turismo y al de servicios profesionales, el más ágil en su reacción frente al Brexit.

Consejos de Administración: su papel frente al Brexit

Es trabajo del Consejo de Administración tener ese plan de contingencia listo para ser implementado en el momento adecuado.

Tanto la preparación y la aprobación de cualquier estrategia como la gestión de los riesgos y su anticipación son funciones indelegables de los Consejos y no cabe duda de que el tema del Brexit y de cómo afrontar su impacto son tareas que deben asumir, adoptando en todo momento un rol activo.

Además de considerar las informaciones del mercado, de los clientes y de los proveedores, el papel de los Consejos incluye evaluar todos los posibles escenarios para favorecer los diferentes ámbitos de la empresa y, en el caso de que fuera necesario, acudir a expertos independientes para que les ayuden a valorar la mejor de las estrategias. 

Se trata de un ejercicio complicado, pero con un gran impacto en todas las operaciones empresariales, por lo que debe ser analizado en detalle.

La digitalización, en el centro del debate

No es necesario remontarse a un futuro muy lejano. Hoy en día existen diferentes tecnologías y herramientas como Gobertia que permiten a las empresas anticiparse y prevenir situaciones no deseadas. Si la información es poder, disponer de grandes cantidades de datos precisos sobre proveedores, cadena de suministros o costes arancelarios ayudará a evitar cualquier ruptura o inconveniente antes de que se produzca, posibilitando a las compañías ajustar mejor su gasto e incrementar las normas de buen gobierno o compliance de sus proveedores.

La monitorización de riesgos, por ejemplo, permitirá informar con antelación de cualquier incidencia, ya sea financiera, meteorológica, política o social, que pueda impactar en el servicio, lo que ofrece una ventaja competitiva.

Lo que significa que, además de optar por una estrategia defensiva, como compañía debemos pasar al ataque y esforzarnos por innovar.

La clave pasa por dejar atrás esos pensamientos reacios y subirse al tren de la digitalización. La inversión en tecnología y en captación de talento digital contribuirá a neutralizar los riesgos producidos por contextos políticos que se presentan inciertos, como el actual, y a actuar de manera más ordenada, coordinada y eficiente.

En pleno 2021, oponerse a la digitalización de nuestras empresas conseguirá todo lo contrario a lo deseado: limitar nuestro potencial y crecimiento empresarial. La digitalización se ha convertido en una necesidad si lo que deseamos es transformar nuestro negocio y adaptarlo a las nuevas leyes del mercado.

Reestructuración empresarial innovación poscovid

Reestructuración e innovación, dos ingredientes esenciales para la reactivación empresarial

No son tiempos fáciles. La crisis ha convertido 2020 en un annus horribilis. Un ejercicio extremadamente agitado, marcado a fuego por la irrupción de una pandemia, inesperada y global, que ha sacudido los cimientos sanitarios y socioeconómicos en todo el mundo, abocándonos a un panorama de incertidumbre y zozobra.

La emergencia ha minado el normal desarrollo económico de España, un país de pymes. Las drásticas restricciones a la actividad empresarial han hipotecado el presente y el futuro de buena parte del tejido corporativo nacional, desplomado ventas, minimizado, paralizado o alterado el signo de las inversiones; y disparado los costes operativos, todo lo cual complica en extremo la viabilidad de las organizaciones.

En este sentido, la Covid-19 ha espoleado una suerte de ‘Darwinismo empresarial’ que estará muy presente en el año que comienza. Si tuviéramos que extrapolar la teoría del naturalista inglés al ámbito de los negocios, concluiríamos que sobrevive aquel que mejor reacciona al cambio, que más rápido se adapta a las condiciones tan exigentes del momento. Un acomodo que, para muchas compañías, con independencia de su tamaño y sector de actividad, pasa por acometer una drástica remodelación organizativa y estructural en esta nueva realidad.

Medidas inmediatas

Las repercusiones de la pandemia se dejarán sentir a corto y largo plazo. No cabe duda. Una circunstancia que, además de obligar a maniobrar con presteza, intensifica los grandes desafíos a los que ya se enfrentaba buena parte de la comunidad empresarial antes de la propagación descontrolada del patógeno.

Equipos directivos, gestores y órganos de gobierno se enfrentan al ingente reto de implementar planes de reestructuración integrales para amoldarse a este contexto cambiante y vencer la crisis. Las organizaciones, por su parte, deben abordar con solvencia los obstáculos financieros característicos de la incertidumbre operativa y del mercado, aspirando a lograr, de un modo equilibrado, una rentabilidad económica y una diferenciación de la competencia que les permita, a todas luces, sobrevivir, prosperar, impulsar el valor empresarial y reforzarse en este envite.

Con semejante punto de partida, una de las opciones siempre presente en esta vorágine sobrevenida de reformulaciones empresariales será la necesidad imperiosa de reducir costes laborales -o al menos congelarlos-. De rebajar desembolsos para mantener la operatividad de un gran número de empresas en este escenario de contracción, equilibrar sus resultados y resguardarse ante posibles eventualidades que puedan brotar.

En especial, del gasto discrecional, accesorio, como parte del proceso de supervivencia y evolución pospandemia. Una táctica necesaria en este reenfoque que, sin embargo, debería tener la menor incidencia posible sobre los costos propios de la fuerza laboral, del capital humano, de las personas y el talento, un activo fundamental para mantener la actividad y progresar.

Asegurar la liquidez se ha convertido en un factor capital para muchos empresarios a la hora de intentar salvar sus negocios en esta envolvente tan precaria. Al menos de un modo inmediato. Un elemento indispensable en este horizonte adverso que, si bien no asegura al 100 % el futuro, sí puede ser de gran utilidad para resistir a corto plazo, encarar y atender las obligaciones corrientes, conservando de este modo su desarrollo.

Una administración de costes que, sin embargo, debería trascender al propio contexto de la crisis. Ir más allá, sentando las bases para, por un lado, minimizar el impacto de esta dinámica negativa; y, por otro, ayudar a identificar posibles oportunidades de ahorro, de rentabilidad de las inversiones y de crecimiento corporativo para que las organizaciones puedan salir fortalecidas.

De esta forma, el cortoplacismo urgente puede hallar su contrapeso en planes de futuro más consistentes, en estrategias un tanto disruptivas y evolucionadas que incluyan diferentes escenarios, que abarquen todos los objetivos empresariales y estén alineadas con la organización en su conjunto. En este sentido, la transformación digital tiene mucho que decir. La inversión en innovación se antoja clave para mirar al futuro y evitar que esta situación tan delicada se enquiste y cronifique.

Innovación, una semilla de oportunidad

Las reglas han cambiado. La manera de entender la forma de trabajar, también. El momento que vivimos obliga a las empresas a vencer la desconfianza, a superar el miedo al cambio, apostando por modelos más vanguardistas, menos tradicionales. En definitiva, a ver el paradigma actual no como un paréntesis previo a la vuelta a la normalidad -nueva o antigua-, sino como una oportunidad para rediseñar el ecosistema empresarial y mejorar su funcionamiento.

En esta coyuntura, la innovación, las nuevas tecnologías y la aceleración de los planes de transformación digital constituyen una absoluta prioridad. Medidas esenciales para reducir el impacto presente y tratar de asegurar su supervivencia en el tiempo.

Una conversión, en muchos casos, apremiante, sin paliativos, que debe integrar, sin excepción, a las personas, los procesos y la propia estrategia corporativa, pilares esenciales sobre los que se levanta una organización. Una digitalización intensiva que se expandirá a sus procedimientos operativos y productivos (más allá de la mera adopción del teletrabajo), a escala organizativa, de personal, a nivel de cultura empresarial…

Si bien la crisis de la Covid-19 está poniendo en apuros -muy serios- a muchas organizaciones, también es cierto que continuará abriendo la puerta a la innovación en todas las esferas y sectores de actividad. Una ventana que permitirá resolver problemas presentes y generar nuevas oportunidades a muchas otras compañías, facilitándoles un crecimiento orgánico y la conservación de sus negocios. Es hora, pues, de seguir labrando esa madurez digital que poco a poco empieza a germinar.

Una digitalización generalizada que, además de suponer un importante cambio estructural, organizacional y cultural en las organizaciones (fruto de la implantación e integración de tecnologías y soluciones eficaces extendidas a todas las áreas que comprende la empresa), allana el camino hacia un modelo de negocio más sostenible y rentable, todo lo cual elevará la eficiencia, incrementará la productividad, aumentará la competitividad y fortalecerá la propia capacidad para resistir posibles shocks venideros.

Criterios ESG

Criterios ESG: una prioridad estratégica para los consejos de administración

En algo más de una década, el mundo ha sufrido dos importantes shocks sistémicos, terremotos socioeconómicos de naturaleza global y una magnitud insospechada que han tensionado hasta niveles nunca vistos la capacidad de resistencia y confiabilidad de los mercados, empujando a la práctica totalidad de economías del planeta hacia el colapso.

La pandemia ha hecho emerger importantes vulnerabilidades del ecosistema empresarial, evidenciando, en muchos casos, su fragilidad y una incapacidad manifiesta para afrontar un desafío de estas características. Meses después, gran parte de este tejido ha sucumbido a unos riesgos que nadie supo predecir, manejándose con serias dificultades en un ámbito marcado por la inestabilidad y la incertidumbre.

Sin embargo, al igual que la emergencia sigue representando un ingente reto para gobiernos, empresas y sociedad en general, no es menos cierto que, como en (casi) todas las crisis, sería conveniente intentar una lectura en positivo, sacar conclusiones para aprovechar esas perturbaciones de cara a rediseñar una esfera corporativa más resiliente, responsable y sostenible en el tiempo.

En el terreno de los consejos de administración, esta coyuntura tan extraordinaria ha supuesto una llamada de atención para los antiguos modelos de gobernanza. Una seria advertencia de cara a incorporar, sin tiempo que perder, mejores prácticas a su gestión, a sus decisiones de inversión, con el objetivo de consolidar su protagonismo responsable en una reconstrucción poscovid más social y ambiental.

Un ‘nuevo’ enfoque más sostenible

El perfil sistémico de las últimas –y posiblemente futuras- crisis, junto a su estrecha exposición a factores exógenos y sus nefastas consecuencias a escala planetaria son, precisamente, argumentos irrefutables para comprender que las prioridades están cambiando. Y emprender de inmediato una ‘metamorfosis’ en materia de gobernanza corporativa.

La urgencia actual obliga a redoblar la apuesta por esas estrategias de sostenibilidad y gestión responsable que poco a poco se han ido filtrando en el ADN institucional, calando en su cultura organizacional, más orientada ahora a las personas, a los valores colaborativos, a dar mayor visibilidad a aquellos aspectos –y riesgos- que no son meramente financieros o centrados en la eficiencia económica, a todas aquellas cuestiones relacionadas con los criterios ESG (del inglés Environmental, Social and Governance; sostenibilidad, medioambiente y gobierno corporativo o buen gobierno).

Este compromiso empresarial, que ya no puede catalogarse de novedoso ni pasajero, exige a las empresas replantear el papel que libran con relación al bienestar de la sociedad, a su transformación.

Una responsabilidad renovada para implicarse, sin rodeos ni medias tintas, en las causas sociales y medioambientales, que deberán estar totalmente asentadas en la misión, la visión, los valores y la cultura corporativa. Para replantearse, bajo el paraguas de los factores ESG, su rol a la hora de entender los negocios de una forma más humana, consciente y responsable, centrando la atención en los problemas que nos aguardan y en la necesidad de encontrar soluciones. Esto es, lograr un impacto positivo además de rentabilidad financiera. Y siempre teniendo en consideración a todos los grupos de interés, manteniendo con ellos un diálogo directo, constante y fluido.

La misión de incorporar los criterios ambientales, sociales y de gobernanza en las decisiones de negocio debe empezar por el seno del consejo de administración y transmitirse a todos los niveles ejecutivos, organizativos, funcionales u operativos de la compañía.

El paso al frente de los consejos

Bajando nuevamente a la arena de los consejos de administración, la aceptación de los aspectos ligados a la sostenibilidad y el acomodo a las nuevas exigencias (conciencia social y sensibilidad medioambiental, apuesta por una mayor diversidad, estrategias a largo plazo…) debe guiar su actividad como máximo órgano de gobierno a la hora de consumar sus responsabilidades de control, supervisión y liderazgo. Sin dejar de lado valores ‘clásicos’ como la transparencia, la integridad, la confianza o la credibilidad.

El consejo debe mover ficha en su compromiso absoluto con el buen gobierno corporativo, desempeñar un papel más dinámico en la promoción de una cultura sostenible, un vector de desarrollo crucial en esta nueva realidad pospandemia.

La labor de sus consejeros a la hora de interiorizar estos activos intangibles será clave para pilotar esta transición. En su mano, la tarea de diseñar una política integral alineada con estos principios, plenamente identificada con las inquietudes sociales, que se traduzca en una gestión más cercana, ágil y certera; en una mejor reputación y en un mayor control de los riesgos operativos.

En definitiva, una prioridad estratégica, más allá del éxito financiero, en el viaje hacia la reactivación económica y el crecimiento a largo plazo del tejido empresarial y el conjunto de la sociedad.

Retos de los consejos de administración en la era poscovid

Los grandes retos del consejo de administración en la era pospandemia

El avance incontrolado de la Covid-19 ha ocasionado un tremendo impacto a escala global, con severas implicaciones sanitarias y socioeconómicas en todos los países del mundo, asomados al abismo de la recesión.

Para la comunidad empresarial, en jaque con la propagación del patógeno, la pandemia ha supuesto un duro varapalo a sus políticas de gestión. Un gran desafío para su capacidad de adaptación y respuesta ante la emergencia. La epidemia ha dinamitado los planes de continuidad y futuro de un gran número de compañías, obligando a muchas sociedades a improvisar soluciones para salir al paso, a reinventarse para capear la tormenta. Para muchas otras, el coronavirus ha comprometido su existencia, condenándolas inexorablemente a desaparecer.

De puertas adentro, la pandemia condiciona por completo la hoja de ruta de los consejos de administración. En un escenario tan volátil, los órganos de gobierno corporativo han tenido que obrar con determinación para sortear esta presión tan aguda, confrontando asuntos de diversa naturaleza esenciales para proseguir con la actividad.

Refuerzo de la gobernanza

En esta envolvente disruptiva que prescribe la nueva normalidad, los órganos de gobierno corporativo han de ser capaces de replantear la estrategia por la que se rige toda la organización. En su cometido, deberán pensar y actuar con la vista en un horizonte temporal a corto y largo plazo para garantizar la viabilidad de sus proyectos y su competitividad en un mundo muy diferente al que conocíamos pocos meses atrás.

Con este punto de partida, donde la crisis puede convertirse en una oportunidad para incentivar el cambio, el consejo de administración pasa a ser una palanca esencial en el entramado empresarial. Como instrumento encargado de administrar ese “arte o manera de gobernar” en la buena dirección, su función se antoja más crucial si cabe, habida cuenta de su autoridad, de su gran influencia a la hora de avalar la estabilidad financiera y social de la compañía, de crear entornos laborales de confianza o de prever nuevos riesgos.

Los nuevos tiempos requieren juntas directivas ágiles, competentes para detectar las prioridades y brindar una rápida respuesta. Unos consejos capaces de adoptar un rol más activo, más participativo y comprometido para combatir la incertidumbre y salir reforzados. Un liderazgo más resiliente, identificado con las nuevas tendencias que imperan hoy en día (una mayor diversidad e inclusión, el avance imparable de la transformación digital, la integración de la responsabilidad social en el ADN institucional, etc.) y capaz, en definitiva, de asistir en la toma de decisiones que permitan crear valor para sus grupos de interés y el conjunto de la sociedad.

Cinco grandes desafíos para los consejos

En líneas generales, el consejo debe calibrar su punto de mira y apuntar sobre todas aquellas cuestiones estratégicas y operativas que repercutan, de una forma directa o indirecta, en la sostenibilidad de los proyectos, la reputación o la perdurabilidad de la organización en el tiempo.

En la actualidad, varios argumentos de gran calado condicionan la agenda de los consejos de administración. Entre otros desafíos:

  • Preservar la seguridad de los empleados. Sin salud no hay economía. En días de pandemia, garantizar la protección y el bienestar de los trabajadores es crucial para cualquier organización. En este sentido, la Covid-19 ha impulsado la puesta en marcha de planes de actuación centrados en la salud y la seguridad del capital humano, en especial durante su vuelta escalonada a la actividad presencial.
  • Rediseño organizativo. La situación actual requiere remodelar la gestión corporativa, flexibilizándola y dotándola de mayor capacidad de respuesta ante problemas presentes o futuras eventualidades, adaptada a la evolución de los acontecimientos. Un rediseño alineado con la cultura organizacional, con la misión, visión y valores corporativos. A la hora de implementar este reenfoque, conviene poner bajo la lupa los riesgos financieros, operativos y reputacionales, así como la planificación de posibles escenarios para mantener la actividad empresarial.
  • Adaptación del consejo a la nueva realidad. Como órgano clave para reconducir la estrategia institucional, el directorio debe supervisar, de un modo integral, la planificación, el funcionamiento de la organización, sus distintas líneas de actuación. En sintonía con ese refuerzo de la gobernanza y en pleno proceso de evolución, los consejos continúan incorporando diversas tendencias con marchamo de permanencia, como son la composición de la propia junta directiva, una mayor rotación en los cargos, una menor frecuencia de las reuniones (más seguras y a través de medios telemáticos), etc.
  • Mayor foco en sus stakeholders, cuyas prioridades e intereses también han podido cambiar en este nuevo contexto. Será fundamental identificarse con sus demandas, mostrar cercanía, confianza, transparencia y buena disposición, definiendo un plan de acción totalmente amoldado a sus necesidades.
  • ‘Subirse al carro’ de las megatendencias. El cataclismo provocado por la pandemia puede servir de acicate para que las empresas se apresuren a la hora de sumarse a estas “corrientes o acontecimientos que trascienden en la toma de decisiones de consumidores, empresas y gobierno”. Las compañías pueden –y deben- aprovecharse de todos los cambios globales que se están sucediendo y de aquellos que están por llegar, incorporándolos a sus planes de negocio: la preocupación por el medioambiente, la economía circular y colaborativa, la apuesta sin punto de retorno por la innovación y la transformación digital… En este nuevo planteamiento cobran especial importancia la inversión socialmente responsable (ISR) y los criterios ESG (ambientales, sociales y de gobernanza).
Liderazgo empresarial

El liderazgo transformacional, una apuesta ganadora en tiempos de crisis

La pandemia global, la más grave del último siglo, ha empujado a gran parte de la comunidad empresarial a un escenario de incertidumbre e inseguridad, un campo de batalla que pocas compañías podían haber imaginado y previsto. En momentos de inestabilidad como los actuales, emerger y mantenerse a flote son dos de los grandes desafíos a los que se enfrenta el tejido corporativo, cuyo papel es fundamental para la recuperación y la reactivación socioeconómica del país.

Y es precisamente ahora, en este tablero tan volátil y exigente, cuando se antoja crucial acometer una reinvención a gran escala, construyendo organizaciones más ágiles y flexibles, con recursos suficientes para amoldarse a esta nueva realidad, atajar la crisis y mirar al mañana con renovada ilusión.

Una transformación cimentada, en buena medida, en un liderazgo empresarial que permita encarar las situaciones adversas con solvencia, lidiar con toda esta problemática y sacar partido de ella.

‘Nuevas’ habilidades directivas

La concatenación de cambios inducidos por la pandemia a nivel organizativo y operacional (una digitalización acelerada, la generalización del teletrabajo, la adecuación de procesos y metodologías, nuevas formas de relaciones personales, sociales y laborales, etc.), supone un reto colosal para la dirección empresarial.

Al igual que no hay recetas exclusivas para sortear la crisis, tampoco existen modelos únicos de gestión que funcionen para todos los equipos, para todas las compañías y todos los sectores de actividad. Con un margen de maniobra ínfimo, sin apenas perspectiva para anticiparse y poca capacidad para reaccionar, el liderazgo corporativo ha tenido que implementar decisiones clave para tratar de asegurar el correcto rumbo de las organizaciones.

Así, en el escenario actual, que exhorta a innovar y anticiparse a los vaivenes de los mercados y las actuaciones de la competencia, la faceta más humana y emocional se revela como un factor determinante para conseguir que las empresas cumplan sus metas y alcancen el éxito profesional.

Conscientes de la transcendencia de estas habilidades directivas, un gran número de sociedades continuará jugando la baza del liderazgo transformacional, un estilo de management centrado en el capital humano en el que los directivos inspiran y motivan a los miembros de sus equipos, alentándoles a promover el cambio e implicándoles en la consecución de unos objetivos comunes.

De esta forma, en la era poscovid, el líder seguirá manteniendo su función capital dentro de la empresa, velando por guiar a las personas y los equipos, desarrollando todo su potencial; encargándose de mantenerlos cohesionados y enfocados en una misma dirección, haciendo que conserven su entusiasmo e implicación para garantizar el buen funcionamiento organizativo.

Eso sí, para hacerlo con garantías, ese referente institucional deberá armarse con una serie de habilidades y competencias directivas que graviten sobre valores como la empatía, la confianza, la transparencia, la honestidad, la integridad, la constancia o la búsqueda de la mejora continua.

En este cometido serán imprescindibles aquellos perfiles de mando con pensamiento crítico, actitud inclusiva y un espíritu colaborativo, que encaren con arrojo y sensatez los retos presentes y futuros, que sepan potenciar al máximo las capacidades de sus colaboradores y conseguir que esa evolución tenga continuidad en el tiempo. Un ingrediente fundamental para tratar de asegurarse el progreso empresarial.

La propia dinámica transformadora de la crisis está consolidando el protagonismo de consejeros y administradores capaces de conjugar a la perfección misión, visión y valores empresariales; de entroncar, sin fisuras, estrategia, estructura y capital humano. El papel de ejecutivos que saben asumir responsabilidades y coordinar equipos; inspirar, motivar e influir. El rol de aquellos directivos con dotes para establecer objetivos, medir, evaluar y comunicar. En definitiva, un estilo de liderazgo que, con el foco en las personas y aplicado en la buena dirección, reporta beneficios a todos los niveles, generando más valor de negocio y haciendo crecer las compañías.